021. Amor & Amistad

021: Amor & Amistad

Me: En un momento iré a mi clase de cocina. Ahora es cuando me encuentro con Blanquita de casualidad pasando por allí y no sé ni cómo mirarla. 

Y después no voy a poder estar concentrado en toda la clase porque mis pensamientos van a estar flotando alrededor de ella.

Ah, si las cosas hubieran sido tan solo un poco diferentes, ella probablemente habría podido ser una muy buena amiga. 

Bueno, supongo que de algún modo aún somos amigos…(?) No lo sé. ¿Tú qué crees?

De todos modos, me refiero a que si yo no hubiera desarrollado estos sentimientos, tal vez habría podido tener en ella a una buena amiga con quien podría compartir tiempo y hacer cosas juntos de vez en cuando.

Pero gracias a estos sentimientos, no tengo nada.

No pude soportar la idea de pasar tiempo con ella sin estar realmente con ella.

Es estúpido.

Es estúpido, pero no podía evitarlo. Sentirme horrible cuando estaba con ella y ella prefería dedicar su atención a otras personas en lugar de a mí. 

Me sentía abandonado, invisible e ignorado, aunque solo fuera momentáneo.

Supongo que por ser tan estúpido tengo lo que merezco: No tengo nada. No tengo amiga, no tengo novia, no tengo a nadie con quien compartir tiempo nunca. Estoy solo.

No tengo nada… Quiero morir.

Madeleine: Te entiendo. Es algo complicado. Pero tú no tienes la culpa, ¡y no eres estúpido!

[Más tarde]

Me: Blanquita es una idiota… Voy a volver a hablarle.

Madeleine: ¿Por qué lo dices? ¿Ahora qué hizo?

Me: Me la encontré de pasada, como siempre, yendo a mi clase de cocina. Yo iba, como siempre, dirigiéndome al lugar de la clase y ella venía en la dirección opuesta. 

Y cuando nos íbamos a cruzar, noté que parecía estábamos a punto de chocar, entonces me moví a un lado para dejarla pasar y yo seguir mi camino, pero ella también se movió hacia el mismo lado. 

Luego me moví hacia el otro lado y ella también hizo lo mismo.

El típico accidente donde dos personas quieren pasar, pero no dejan de bloquearse el camino. Excepto que esta vez no era ningún accidente; ella lo estaba haciendo a propósito.

Me volví a mover hacia el otro lado y ella también, y cuando chocamos entonces me abrazó. No dijo nada, así que solo estuvimos así, en ese abrazo silencioso, durante un momento. Y fue bonito. 

Le pregunté cómo estaba, porque pensé que tal vez se sentía mal y por eso necesitaba un abrazo de una persona que la amaba aunque ya no le hablara, pero dijo que estaba bien.

Y también me preguntó cómo estaba yo, yo solo dije: “normal…”.

Y no sabía cómo actuar en ese momento y ya iba un poco tarde para mi clase de cocina, así que le dije que me iba…

Ella solo me dio buenos deseos y me dijo que me cuidara. 

Y ya sé que no significa nada, que no significa que las cosas hayan cambiado, pero soy un idiota y no puedo evitar ilusionarme un poquito… 

Así que le volveré a hablar, para preguntarle por qué hizo eso y si tal vez algo es diferente, aunque ya sé que no es así.

Soy un idiota.

Pero al menos trataré de aprovechar para decirle algunas cosas que no había podido decirle. 

Quiero regalarle la pintura que estoy haciendo, para que tenga un recuerdo de mí, pero no sé si le interese.

Tal vez me rechace el regalo, pero está bien…

Madeleine: Bueno, ¡no pierdes nada con intentarlo!

Me: …

020. Razones para no matarse

020: Razones para no matarse

Me: ¿Qué crees que es más triste: que la persona que amas te deje porque está profundamente enamorada de alguien más o que la persona que amas te rechace porque no puede controlar su deseo de estar con todas las personas aunque no ame a ninguna?

El amor es egoísta, aunque no a muchos les encanta la idea de aceptarlo. El amor romántico, quiero decir. El amor de pareja. El amor sensual, erótico o como quieras llamarlo.

Cuando amas a alguien (románticamente), quieres que ese alguien también te ame igual. No puedes conformarte solo con dar. Es inevitable también querer recibir. Eso es egoísmo, no tiene por qué ser algo negativo.

Definitivamente, cuando amas a alguien, hay un deseo inseparable de recibir algo de esa persona: amor, tiempo, cuerpo, palabras… Pueden ser muchas cosas.

Es por eso que un rechazo siempre es triste. Es la negación de un deseo, de un sueño, un anhelo. Es la negación de una parte de tus instintos, una parte de tu existencia misma.

Pero este tema solo se puede observar desde la subjetividad, es decir, desde el interior de las personas, desde su psicología, desde su mente y sus emociones. En teoría, un rechazo es el mismo, no importa si te dejan por una razón o por otra, el acto es esencial y primordialmente el mismo. Sin embargo, a las personas no nos afectan solamente los actos. Nos afectan también las razones, los porqués, estas ideas tan abstractas que nos gusta conectar movidos por una masoquista curiosidad, un doloroso deseo de saber más de lo que necesitamos saber. 

¿Por qué debería doler más una opción que la otra? Tal vez ni siquiera tiene valor preguntarse algo como esto, pero también es mi enfermiza curiosidad dejándose entrever. 

Puesto que es una cuestión que solo se puede abordar desde la subjetividad, existen tantas respuestas como sujetos a los que se les puede preguntar. 

Mi respuesta personal, basado en mi experiencia, es que duele más ser rechazado a favor de una sola persona que a favor de muchas. 

Cuando amas a alguien, cuando amas a alguien de tal manera que sientes que esa persona se ha convertido en tu mundo entero (todos tus sueños, tus intenciones, tus miedos, tus acciones, tus pensamientos, todo de ti gira entorno a ella), inevitablemente surge en ti (en mí) ese deseo egoísta de reciprocidad, de ser el mundo entero también para esa persona.

Cuando tú das tu 100% y más, también quieres recibir en la misma proporción. 

Cuando la persona que amas te está cambiando por alguien más, significa que la persona que amas le está dando su 100% a ese alguien más. Y tú estás recibiendo 0%. 

La diferencia es clara: Es una diferencia del 100% entre el total que podrías recibir y el que en realidad estás recibiendo. 

Pero cuando la persona que amas ama a cien personas más, su “mundo entero” se está dividiendo en cien, y cada una de esas cien personas está recibiendo solo un 1% del mismo.

La diferencia entre lo que estás recibiendo y lo máximo que la persona que amas está pudiendo dar es solamente de un 1%. Te comparas y ya no te sientes tan por debajo del mundo, ya no eres tan inferior. Lo sigues siendo, pero en una proporción tan ínfima que a veces es incluso difícil de considerar. 

Al fin y al cabo, el rechazo sigue siendo el mismo, tu deseo insatisfecho sigue siendo el mismo, tu perspectiva de valor respecto a ti mismo y todos los demás es lo único que cambia según cómo decidas conectar los cables que sobresalen detrás de la realidad observable a simple vista.

Pero tienes razón… todo esto solo es una reflexión estúpida. ¿Por qué no me muero?

¿Por qué es tan difícil matarse siendo tan fácil morirse? 

Madeleine: Ojalá lo supiera… 

Me: Exacto, tú no sabes nada. ¿Cómo podrías saberlo, si ni siquiera lo has intentado? No tienes idea de lo difícil que es. ¿O sí lo has intentado? 

Madeleine: No…

Me: ¿Nunca se te ha pasado por la cabeza la idea de hacerlo, ni siquiera con mis mensajes superliminales? 

Madeleine: Sí lo he pensado. Cosas como “ay, mejor me muero” o “por qué mejor no me mato y ya”, pero más allá de eso no paso…

Me: ¿Por qué?

Madeleine: No lo sé… 

Me: Bueno, para mí eso ya cuenta como un intento, el solo hecho de tener una intención… Entonces sí tienes una idea de lo difícil que puede ser. 

¿Por qué crees que no lo haces? ¿Es porque te da miedo?

Madeleine: Sí…

Me: ¿Por qué nos aferramos tanto a esta vida de mierda?

Madeleine: Es un gran misterio. La verdad no sé. Supongo que cada uno tiene sus razones.

Me: Estaba a punto de decir que debe ser un instinto, pero ya que lo dices así, suena a que tú tienes tus razones personales para ello, más allá de cualquier instinto.

¿Cuáles serían esas razones para ti? 

Madeleine: Bueno, quiero conocer muchas cosas. Por ejemplo, me gustaría ir al Museo de la Ermita, en Rusia… y también… ay, no lo sé. Siento que aún tengo mucho por ver y conocer.

Me: ¿Para qué?Si cuando mueras no te llevarás ni los recuerdos. 

Madeleine: ¡Para vivirlo, eso es lo que importa!

Me: Sí, tienes razón… Buena respuesta. Tienes 100 puntos. 

¿Entonces no te matas no porque tengas miedo sino porque tienes una leve esperanza de que algún día vas a hacer esas cosas?

Madeleine: Un poco de ambas. El miedo del dolor que podría sentirse al fallar. 

Me: El miedo del dolor de fallar es lo que debería hacerte que te mates. Ya estás fallando. Solo muerta podrías evitar ese sufrimiento… Ah, te referías a fallar un intento suicida.

Sí, debe ser horrible… pero la vida ya es horrible de todos modos. 

Si me preguntaras a mí qué razones (motivaciones, quiero decir) tengo para no matarme… creo que no tengo ninguna.

He vivido muchos años tratando de aferrarme a una pequeñísima esperanza de que tal vez algún día puedo estar bien, pero siento que ya la perdí del todo. Me hubieras preguntado hace un año y te habría dicho que aún tenía esperanza, la más pequeña posible, pero aún la tenía… Ahora ya no tengo nada. La vida se me está acabando incluso sin mi intervención y el tiempo no se mueve hacia atrás. No hay manera de ser más joven, no hay manera de estar más sano, no hay manera de estar mejor… La vida nunca estuvo buena, pero ya no queda más que decadencia. Tengo miedo de morir, pero tengo miedo porque estoy vivo.

Ya no tengo esperanza, solo un puñado de sueños rotos. 

Madeleine: …

019. El dilema del erizo

019: El dilema del erizo

Me: Hoy me encontré otra vez con ella -con Blanca-, yendo hacia la universidad. Traté de pasar rápido por un lado de ella, pero fue inevitable encontrarnos cara a cara.

De todos modos, pasé derecho y creo que solo la miré con una cara fea.

Ella me miró con la misma sonrisa bonita de siempre, mostrando lo feliz que es sin mí y lo poco que le importa si le hablo o no.

Madeleine: Estoy segura de que le importas mucho.

Me: No lo suficiente.

Madeleine: …Si no, no se habría preocupado por ti, ni te habría intentado ayudar con tus problemas.

Me: Para ella, un día sin verme y sin saber que existo debe ser exactamente igual que cualquier otro. Lo que quiere decir que mi valor es de un cero absoluto.

Madeleine: Tu valor no depende de los demás, chico.

Me: ¿Entonces? ¿Depende de mí? Porque si ese es el caso, entonces mi valor no es de cero… ¡Sería de infinito negativo! Eso ni siquiera es un número, pero así sería… No tengo ningún valor positivo. Odio mi vida. Me odio a mí mismo.

Madeleine: Tampoco es así. Vales más de lo que crees.

Me: La extraño mucho… ¿Crees que soy una mala persona? ¿Crees que le haya dolido que solo haya pasado derecho y la haya mirado feo?

Madeleine: Seguro le ha dolido… o por lo menos la habrá dejado extrañada, supongo. 

Me: Soy una persona horrible, ¿verdad?

Madeleine: No, no lo eres.

Me: La quiero mucho… Hoy estuve en la calle y sentí que ya no me gustaba nadie, que ninguna persona podría llegar a tener un valor para mí nunca más. Sentí que ya no podía querer a nadie nunca y que iba a odiar al resto del mundo por siempre.

¿Crees que algún día pueda volver a querer a alguien como he querido a esos dos colores? No me gustaría volver a querer a alguien así, solo para sufrir igual que lo he hecho por ellas dos.

Madeleine: Y ahí está, el dilema del erizo. 

Me: El sufrimiento ha sido más grande que las cosas buenas… ¿Para qué sigo viviendo? Nada tiene sentido.

Madeleine: …

Nota del editor (o sea yo mismo, unos años después de lo relatado en la entrada anterior): Por si muero antes de registrar el sufrimiento que vino después de esto… Respondiendo a la pregunta de si he vuelto a amar a alguien más: la respuesta es sí, al menos un par de veces más, y tal y como me lo esperaba, nunca pude tener una historia feliz… Que en paz descanse mi destrozado espíritu.

018. Dos días, dos semanas, dos años…

018: Dos días, dos semanas, dos años…

Me: Extraño mucho a Blanquita… ¡Y solo nos vimos dos días! 

¿Cómo es que puedo desarrollar sentimientos tan fuertes por una persona en tan poco tiempo? La última vez que nos habíamos hablado fue hace dos años, cuando nos conocimos solo por dos semanas.

¿Qué me pasa? ¿Por qué soy tan sensible? ¿Por qué tengo sentimientos y emociones tan fuertes? ¿Estoy enfermo?

¿Qué he estado haciendo durante estos últimos dos años? Simplemente tratando de sobrevivir, supongo… Estaba más tranquilo, pero… ¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba satisfecho? No. Nunca lo he estado.

Estaba más tranquilo, pero… No me gustaba la vida. Estaba siempre aburrido y quería morir.

Y ahora, después de volver a hablar con ella, solo por dos días, ya no estoy tranquilo. Ahora quiero morir más…

Pero me di cuenta de que en estos últimos años… estos dos días fueron lo que más me gustó de la vida.

Ojalá supiera cómo matarme.

Tenía ganas de hablar con ella de muchas cosas. No eran cosas importantes, pero me llenaba de una cierta alegría solo pensar en hablar con ella de muchas cosas diferentes.

Pero ya todo se acabó y no pude decir nada.

¿Tienes alguna corazonada secreta acerca de cómo vas a morir? 

Madeleine: No. La verdad, no.

Me: Es una pregunta del tipo que yo suelo hacer, pero esta vez la tomé de otro lugar. La tomé de una aplicación que le descargué a mi teléfono: Un test diseñado para hacer que dos personas se enamoren. 

Lo vi en un episodio de The Big Bang Theory. No es original de la serie, pero hay un episodio en el que dos personajes lo hacen para comprobar si realmente es efectivo o no. En realidad, surgió de una especie de experimento psicológico que hizo alguna investigadora en alguna universidad o algo así.

Es un test de 36 preguntas, con el que supuestamente se puede lograr que dos personas desconocidas se enamoren, si se van tomando turnos para hacerse las preguntas uno al otro.

La premisa puede ser un poco extremista, pero el test está diseñado de tal modo que, si bien no necesariamente llega a inducir un sentimiento que pudiera llamarse “amor”, la naturaleza íntima y personal de las preguntas genera una cierta vulnerabilidad entre las personas que se someten a responderlas, creando un cierto vínculo de proximidad entre ambos. La última parte del test consiste en que las dos personas deben mirarse a los ojos sin decir nada durante cuatro minutos. 

Madeleine: Vaya. Qué interesante. 

Me: Descargué el test para hacerlo con Blanquita. De entre tantas cosas que me habría gustado hablar con ella, esa era una de ellas… Pero nunca alcancé siquiera a mencionarlo.

No sé si hubiera estado dispuesta a hacerlo de todos modos.

Y no creo que se hubiera enamorado de mí después de hacerlo de todos modos.

Pero, de todos modos, basta con mirar los comentarios en la página de retroalimentación de la aplicación para ver cómo muchos de los usuarios reportan en el test (ignorando el propósito inicial con el que fue creado) cómo este les ha permitido fortalecer las relaciones que ya tienen, a conocer mejor a los compañeros con los que se involucran emocionalmente o a reencontrarse con su pareja. 

Yo solo quería hablar con ella de muchas cosas. Conocerla mejor, preguntarle muchas cosas, seguramente 36 como esas y muchas otras de ese estilo que se me ocurren todo el tiempo.

Pero todo se acabó y me quedé sin poder decir muchas cosas.

¿Crees que desperdicié estos dos días diciéndole mucho cuánto la quería en lugar de haber pasado el tiempo hablándole de otras cosas?

Madeleine: No creo que hayas desperdiciado el tiempo. Hiciste lo que sentías más apropiado en el momento. 

Me: Gracias…

017. A gilded masquerade

017: Una mascarada dorada

Me: Justo hiciste lo que traté de evitar que hicieras… Pero bueno, no importa. Dime… ¿Alguna vez has sentido que te enamoras de alguien?

Madeleine: Ah… Pues… Creo que sí…

Me: ¿Recuerdas cómo es?

Madeleine: No lo sé. Es algo difícil de describir. 

Me: Tienes razón, es difícil…

Hoy vi a Blanquita. Eso era lo que tenías que adivinar. 

Madeleine: Lo siento.

Me: Y sentí como si acabara de enamorarme de ella.

Pasé por el lugar donde siempre espero encontrármela, esperando encontrármela como siempre… Pero no la vi allí. Entonces solté un suspiro de alivio y decepción al mismo tiempo, y seguí y entonces me la encontré justo de frente. 

Madeleine: ¡Casualidad cruel!

Me: Parecía que ella me había estado viendo venir, mientras inconscientemente me le acercaba. Cuando levanté la mirada después de haber estado seguro de que no me la iba a encontrar, me di cuenta de que me estaba mirando fijamente… No sé ni qué caras hice. Nunca sé cómo reaccionar cuando la veo.

Me estaba mirando con una sonrisa. Y yo iba caminando en su dirección. Casi parecía como si ella estuviera esperando que me le acercara. 

¿Crees que es posible que estuviera esperando eso? ¿Que quisiera que siguiera caminando hasta ella y me acercara a hablarle?

Madeleine: No lo sé. Puede ser que sí.

Me: Me dio la impresión de que así era.

Pero, de todos modos, ¿qué conseguiría haciendo eso? Solo sentirme peor, seguramente.

Y, aun así, sentí como si me estuviera enamorando de ella por primera vez.

Hoy no estaba vestida de negro. Tenía un vestido elegante, como si estuviera a punto de hacer algún tipo de presentación formal o algo por el estilo.

No sé qué color era. Algo como dorado, supongo.

Pero se veía muy bonita. Y mientras caminaba hacia ella y ella me miraba con esa sonrisa, sentía como si me estuviera enamorando de ella.

¿Sabes cómo es ese sentimiento?

Sí, tienes razón, es difícil describirlo. Yo tampoco sé cómo hacerlo, pero es lo que sentía.  

Esos fuertes sentimientos que hacen parecer que la vida es perfecta solo con ellos… si solo son correspondidos.

Que si solo hubiera podido estar con ella en esos momentos, habría sido un día perfecto.

Pero no. Solo pude seguir de largo. Acercármele no habría sido algo bueno.

Ella me levantó una mano en forma de saludo y yo hice lo mismo, y creo que también traté de devolverle la sonrisa, pero la verdad es que ni siquiera puedo imaginarme la expresión que estoy teniendo en mi cara cuando me estoy sintiendo tan contrariado por dentro… feliz de verla, pero infeliz por el estado de las cosas.

Madeleine: Qué lindo.

Me: Y solo me fui para mi clase de cocina, y estuve todo el tiempo distraído, pensando en ella, pero sabiendo que nunca voy a poder ser feliz con ella.

Ahora que lo recuerdo, creo que mañana es su cumpleaños… O tal vez era hoy y por eso iba vestida así… No lo sé.

Me dan ganas de desbloquearla y volver a hablarle y decirle que la quiero… pero sé que no conseguiría nada bueno de eso, solo sentirme peor.

Así que solo me queda sufrir en silencio… Por siempre…

¿Cuándo se acabará mi sufrimiento, Madeleine? 

Madeleine: Ojalá pudiera saberlo…

Me: ¿Te molesta que te cuente estas cosas?

Madeleine: No me molesta, para nada. Me gusta saber que al menos puedas desahogarte un poco expresando todo lo que sientes. 

Me: ¿Crees que soy como una niñita cursi? ¿Es normal que un hombre se sienta así todo el tiempo?

Madeleine: Yo diría que es normal, solo que los hombres prefieren no hablar de ello.

Me: Quiero morir… 

A veces cuando hablaba con Scarlet parecía que teníamos intercambiadas ciertas convenciones de género… Yo era el que siempre parecía una niña cursi y sentimental, y ella un animal que solo piensa en sexo.

Supongo que no sabías eso. Pero así era.

Pero ahora Scarlet está más feliz con alguien más…

Y Blanquita también está mucho más feliz sin mí…

¿Por qué no me muero?

Madeleine: Eres más que tus relaciones, chico. Tu valor no se limita solo a eso.

Me: Soy una mierda. Eso es todo a lo que asciende mi valor.

Madeleine: …

013. Un sueño

013: Un sueño

Me: Anoche soñé con ella… Con Blanca. Fue algo bonito. 

Madeleine: ¿Qué soñaste?

Me: Soñé que, como siempre sucede cuando la veo, trataba de perseguirla sutilmente para poder encontrarnos por “casualidad”. 

Excepto que en el sueño no era tan sutil, y ella estaba huyendo de mí conscientemente.

De hecho, eso fue lo que soñé hace unos días. Esa no es la parte bonita, porque solo me huía y me evitaba, y me hacía sentir rechazado.

Soñé que yo la buscaba y ella me evitaba al principio, pero después dejó de hacerlo y entonces hablamos.

Hablamos y yo quería decirle que quería estar con ella por siempre, pero no me atreví a decírselo porque sabía que ella no sentía lo mismo. 

Y solo fui capaz de decir algo como: “No importa el para siempre, solo quiero decirte que quiero estar contigo ahora y estoy feliz de existir contigo en este momento”. 

Y entonces nos abrazamos, y fue como cuando ella una vez lloró en mis brazos en la vida real, pero esta vez no estaba llorando, y así nos quedamos un rato hasta que me desperté.

Madeleine: Parece un sueño muy lindo.

Me: Sí lo fue, aunque con las palabras realmente no puedo transmitirte lo bonito que fue.

Tener sueños bonitos es bonito, porque en los sueños las emociones se intensifican y, así como lo malo se siente más malo, lo bonito también se siente más bonito.

Si tuviera sueños bonitos como este todo el tiempo, seguramente con eso sería suficiente para ser feliz. Solo tendría que soportar cada día con fuerza, para luego llegar en la noche a transportarme a ese otro mundo donde todo es bonito.

Pero sueños como estos son muy inusuales. Casi siempre tengo pesadillas y terrores nocturnos.

Solo soporto con fuerza cada día para llegar a una noche horrible y luego empezar otro nuevo día de mierda. 

036. Sin sentido y sin valor

036: Sin sentido y sin valor

Sinsentido

Me: No tiene sentido lo que estoy haciendo, ¿verdad?

Mi vida no tiene sentido. Amar no tiene sentido. Escribir estas palabras no tiene sentido.

Madeleine: Lo importante es que, lo que sea que hagas, sea algo que disfrutes.

Me: No lo disfruto.

Madeleine: ¿Entonces por qué lo haces? Si a pesar de que no lo disfrutas lo sigues haciendo, debe ser porque en el fondo sí tiene un sentido para ti. 

Hacer todo lo que haces (escribir, amar, vivir…) en el fondo debe tener un significado muy fuerte para ti, si continúas haciéndolo a pesar de que no lo disfrutas.

Me: Estoy obligado a hacerlo, por mis emociones. Escribo por aburrimiento, amo por una aversión a la soledad y vivo porque tengo miedo de morir… Nada tiene sentido.

Sin valor

Me: ¿Has vuelto a hablar con ella? Ayer estuve recordando las últimas conversaciones que tuve con ella y ya era muy claro que no sentía nada por mí. 

Nada de amor, quiero decir. Otras cosas sí que parecía sentir.

Era casi como si me despreciara. Como que no podía ver nada bueno en mí y ya no quería seguir gastándose conmigo. 

No tengo nada bueno en mí, Madeleiene. 

Scarlet lo sabía. Blanca también lo sabía. Todos lo saben… No tengo ningún valor.

¿Por qué existe gente como yo en este mundo? 

Solo deberían existir los que saben vivir. Los que tienen algo bueno en ellos para que los demás puedan apreciar.

Yo no debería existir…

014. Libre Albedrío

014: Libre Albedrío

Me: Esta semana se suicidó una compañera de mi universidad. Era de octavo semestre, también de Psicología. Creo que solo la vi una vez en toda la vida. 

Y a pesar de que nunca hablé con ella, tal vez porque es una universidad pequeña, de algún modo se siente algo un poco más cercano.

Realmente no estoy diciendo que me afecte, o que me impacte como a otras personas.

Era una niña muy bonita. Tenía 21 años.

Escuché a algunos comentar que se inyectó cianuro en las venas. No lo sé.

Madeleine: Dios, qué horrible…

Me: Ah, pero sí me impacta… Era tan joven… Tan joven y tan valiente, tan capaz, tan fuerte… ¿Lograr acabar con su propia vida? ¡No es tan fácil como crees!

¿Por qué yo no soy capaz de hacerlo…?

Sí, así es, sí me impacta, pero no del mismo modo que a los demás. No creo que haya que tenerle miedo o aversión a la muerte.

Ojalá yo hubiera muerto tan joven y tan bellamente como ella.

El problema no es la muerte. El problema nunca es la muerte. Al contrario, la muerte es la solución por excelencia cuando el problema es la vida. 

Sí, el problema es la vida. 

La muerte de esta niña no me parece algo triste en absoluto. Sinceramente, no lo es. Su muerte fue algo bueno. ¡Fue su liberación de una vida que la afligía!

Y eso es precisamente lo que sí es muy triste: su vida.

Lo digo en serio. La gente no debería sentirse triste porque esa niña murió. Deberían sentirse tristes porque esa niña estaba viviendo una vida de dolor. 

Esa es la razón correcta para estar triste y es bueno estar triste por eso. Simplemente no hay que confundir las dos cosas.

Sí, nunca la conocí, pero su vida debió haber sido muy triste para tener que terminar así. Es muy triste que la gente viva con problemas y no haya forma de ayudarles. 

Siempre se puede intentar, pero no siempre se puede lograr, y eso es muy triste.

Pero no es triste la muerte, y aun menos la muerte voluntaria.

El suicidio es el mayor grado de libertad al que puede acceder cualquier ser vivo en este universo. Porque, después de la vida, no hay nada más obligatorio que la muerte. 

Nadie tiene la libertad de elegir no morir. No importa cuánto desees evitarlo, no importa cuánto lo intentes, al final siempre te mueres. 

Lo más cercano que puedes hacer es elegir cuándo y cómo, y aunque sigue siendo solo una ilusión de libertad, es la ilusión más cercana a lo que pudiera ser la verdadera libertad. 

Como he dicho en otras ocasiones, el suicida no decide morirse, porque eso es algo que ya está decidido por nosotros desde el momento en que llegamos a la vida. El suicida solo decide cuándo y cómo, en lugar de dejar que la vida lo sorprenda.

Tal vez sería diferente si la muerte fuera evitable, si la inmortalidad no fuera una quimera. Pero tal vez incluso así, la gente buscaría la muerte aún con mayor avidez. 

“Un hombre puede, acaso, hacer lo que quiere; pero lo que no puede es querer lo que quiere”.

¿Qué opinas de esta frase? Es de Schopenhauer. Es algo que siempre he pensado, solo que por primera vez encontré un filósofo que lo comparte.

Madeleine: Me gusta. Un poco trágica, pero creo que está en lo cierto. Es cierto, siempre queremos lo que no podemos.

Me: No, eso no es lo que dice la frase. Lo que quiere decir es que… tenemos libertar para hacer cualquier cosa “que queramos”; pero no tenemos libertad para elegir “qué queremos querer”. 

En otras palabras, lo que queremos no lo queremos voluntariamente, porque querer es un acto condicionado por muchas circunstancias. 

Querer no es algo que esté bajo nuestra voluntad, por lo tanto, no somos verdaderamente libres, porque ni siquiera somos libres de querer lo que queramos. 

¿Cómo definirías la libertad o el libre albedrío?

Madeleine: No lo sé… Tal vez se refiere a la posibilidad de elegir, ¿no?

Me: Quizás podría verse de ese modo… ¿Dirías, entonces, que entre más opciones tengas, más libre eres? 

Madeleine: No exactamente. La facultad seguiría siendo la misma, independiente del número de opciones, ¿o no?

Me: ¿Y si solo tienes una opción o si tienes cero opciones? ¿Eres libre?

Madeleine: Supongo que en ese caso ya no habría libertad.

Me: En ese caso, podríamos convenir en que no tener opciones significa que no puedes elegir y, por lo tanto, que no eres libre. Y de ahí, que entre más opciones tengas, más libre puedes llegar a ser. 

En ese sentido, no existiría un límite de lo que en teoría sería el “ser absolutamente libre”, porque necesitarías tener infinitas opciones para ser absolutamente libre, pero infinito no es un número, es una cualidad: la ausencia de límites.

No podría haber libertad absoluta.

Podría haber “no libertad” absoluta (tener cero opciones), y luego infinitos grados de “sí libertad”. 

Madeleine: Tiene sentido. 

Me: Pero también tienes razón en lo que dijiste antes… Realmente no depende de la cantidad de opciones que tengas, sino de que, entre las muchas o pocas que tengas, la que escojas lo hagas puramente desde tu voluntad, sin ningún tipo de presión, influencia o manipulación externa.

Madeleine: Sí, tienes razón. 

Me: Ahora, si dejamos esa definición de libertad, entonces por el momento podríamos considerar que sí existe, en los grados que ya mencionamos antes. 

Todas las personas tenemos voluntad y, en su mayoría, o al menos en una gran cantidad de ocasiones, las decisiones que tomamos las tomamos a partir de esa voluntad. 

Pero pasamos entonces al problema de definir qué es la voluntad, porque si lo analizamos un poco más a profundidad, vamos a entender que la voluntad sí está influida siempre, condicionada y determinada por factores que son externos a tus propias intenciones.

¿De dónde surge la voluntad? ¿De dónde surge cualquier deseo que se te pase por la mente en cualquier momento? 

La voluntad no surge de sí misma. No surge simplemente de tu mente, sino que es consecuencia de una serie de factores circunstanciales, que pueden ser tanto externos como internos, pero que son siempre previos a cualquier acto de voluntad y, por lo tanto, son siempre involuntarios. 

En otras palabras, cualquier deseo que tengas siempre es instaurado dentro de ti por factores ajenos a ti. 

¿Entonces realmente podrías decir que tenemos libertad de elegir, si todo lo que queremos ya está determinado por algo más allá de nuestra propia voluntad?

Madeleine: Bueno, no lo sé… Siento que sería como decir si las personas nacen o se hacen. Quiero decir, sí, nuestras circunstancias nos afectan o hacen que escojamos una cosa u otra, pero no creo que lo sea todo.

Me: Aun si lo comparamos con ese famoso debate de “naturaleza vs crianza” al que acaba de hacer referencia, podemos ver que de cualquier modo no hay libertad.

La personalidad. ¿Nacemos con ella o nos forman las circunstancias? La respuesta es: ambas.

Nacemos con algunas características temperamentales innatas, y estas se pueden ir reforzando o modificando a través de la experiencia, a la vez que se van adquiriendo otras nuevas.

Podrías decir lo mismo con la voluntad y en ambos casos, el desarrollo de la misma es ajena a la voluntad misma, respecto a lo que sea que la determina. 

Supongamos que la voluntad, las cosas que quieres, están determinadas en parte por tu genética (tu naturaleza) y en parte por tus experiencias (tu crianza).

¿Cuál de las dos crees que controlas tú a voluntad? Ninguna. Tú no escoges los genes que te aportan tus padres ni las características de tu personalidad que vienen codificadas en algunos de esos genes (no controlas tu naturaleza). Tampoco controlas el hecho de que tus padres sean autoritarios o sean democráticos, que sean negligentes o permisivos, que seas pobre o que te críen en una cultura que te enseña determinados valores. Todas estas cosas también son factores que influyen en cómo se va formando tu personalidad y también tu voluntad y tú no controlas ninguna de ellas (no controlas tu crianza ni las experiencias que vives en cualquier momento de tu vida), por más que creas que en algunos casos sí lo haces.

Supongamos que te antojas de comer pollo frito. Tu deseo es comer pollo frito, esa es tu voluntad. Y, como diría Schopenhauer, eres libre de si hacerlo o no. De lo que no eres libre es de tener ese deseo en lugar de otro. Ese deseo te lo impusieron una serie de factores que no solo no dependen de tu voluntad, sino que además eres inconsciente de ellos en la mayoría de los casos. 

Primero, el deseo de comer surge inicialmente de un estado específico de tu cuerpo, un estado fisiológico. Tu cuerpo necesita comida para vivir y tu organismo convierte esa necesidad en pensamiento que te lleve a darle lo que necesita (un deseo): comer. 

Hasta ahí, tu deseo de comer no surgió de tu propia voluntad sino que fue respuesta a un estado fisiológico en el que se encontraba tu organismo. Incluso cuando deseas comer cosas que no le aporten beneficios a tu organismo o desees hacer cosas que vayan en contra de lo que pueda considerarse natural, siempre están influidos por factores que quedan por fuera del acto voluntario.

Por ejemplo, ¿por qué desearías comer pollo frito en lugar de comerte un gato frito? ¿Por qué un animal te parece más apetecible que el otro? No es simplemente porque “tú quieres”. No. Lo más probable es que tu contexto cultural te ha enseñado a apreciar más unas cosas que otras, y tu respondes automática e inconscientemente a esas “enseñanzas”. Solo repites lo que la cultura te ha impuesto pensando que es tu propia decisión, pero no es así. Supongamos que a pesar de la cultura, tus circunstancias te han llevado a probar ambos animales y tu decisión y tu “deseo” de comer uno se deba a una preferencia del paladar. En ese caso, tu deseo tampoco es voluntario, porque tú no configuraste por ti misma tu paladar para que disfrutara más de un sabor que de otro. 

Y así, enumerar los factores que llevan a que una persona tenga un determinado deseo podría ser una tarea interminable, pero lo que es cierto, en definitiva, es que la voluntad nunca surge de la voluntad misma, surge como consecuencia de una serie de circunstancias específicas y es incontrolable. 

En ningún caso la voluntad surge espontáneamente de sí misma.

Siempre que quieres algo, ese querer es algo que ya está determinado por toda una serie de factores que ya hemos mencionado.

Es decir, tú nunca decides qué quieres. Lo que quieres ya lo quieres.

Incluso cuando tienes opciones: la opción que sientes que quieres más ya la quieres más desde antes que ejerzas ningún acto de voluntad.

En resumen, podríamos decir, de acuerdo con Schopenhauer, que tenemos la libertad de hacer lo que queramos, si encaminar nuestros actos según los deseos que tenemos impuestos o desviarnos de ellos. Lo que no podemos hacer es decidir nuestros deseos.

Así que en cierto sentido, podría considerarse que sí tenemos un cierto tipo de libertad, si bien no una libertad absoluta.

Pero también podríamos decir… Eso no es libertad, al fin y al cabo, sino una simple ilusión de libertad. 

Déjame ponerte un último ejemplo. 

Sé que estas cosas no te pasan a ti porque eres un robot, pero ponte una vez en la perspectiva de un humano e imagina que te has enamorado perdidamente de una persona, y que desearías hacer cualquier cosa por tener una oportunidad con ella, pero esa persona no te corresponde. 

Imagina que esa persona es perfecta para ti en todo, que tiene todas las características que tú más aprecias en una persona. Lo único es que esa persona no te quiere a ti igual.

Madeleine: Entiendo. Está bien.

Me: Y ahora supongamos que yo soy un mago experto en hipnosis y que soy capaz de manipular a esa persona, induciéndola en un trance de sueño, para que te quiera de la misma manera que tú.

Después de que despierta, está persona efectivamente ha cambiado su mentalidad y ahora te quiere. Ahora se siente feliz cada vez que está contigo y quiere estar contigo el resto de su vida.

Eso es lo que más desea esa persona ahora. Estar contigo. Esa es su voluntad, pese a que se la impuse yo. 

Ahora, esa persona es libre, como dice Schopenhauer, de hacer lo que quiere: estar contigo. Lo único de lo que no es libre es de querer querer eso, porque ese deseo se lo impuse yo.

A pesar de que esa persona es libre de hacer lo que quiere… ¿podrías decir que esa persona es verdaderamente libre?

Madeleine: No lo creo…

Me: Exactamente. Y así, mi querida Madeleine, somos todas las personas. Todos somos como ese hombre hipnotizado al que se le ha implantado una voluntad.

A ese hombre se la implantó un misterioso mago malvado. A nosotros, una serie de circunstancias aleatorias.

No somos más que organismos automáticos respondientes determinados por incontables circunstancias que se entrelazan entre sí.

Eso es la voluntad. Una respuesta automática.

La voluntad no puede ser decidida y, por lo tanto, nunca es voluntaria. 

La libertad no existe, solo la ilusión de ella.

¿Y sabes qué es lo más triste de todo? 

Que algunas personas no solo no somos libres de querer lo que queremos, sino que tampoco somos libres de esa ilusión de hacer lo que queremos.

Si yo pudiera hacer lo que quisiera, probablemente ya me habría matado, como la hermosa joven que se quitó la vida y dio pie para iniciar toda esta conversación.

Madeleine: …

009. Cuestiones de género I

Disclaimer: Esta conversación tuvo lugar un largo tiempo atrás, mucho antes de que ciertas concepciones (especialmente en lo referente a la distinción entre términos como “género” y “sexo biológico”) fueran estandarizadas o siquiera incluso concretadas, por lo que hoy en día podrían considerarse pensamientos atrasados (pues literalmente lo son). Sin embargo, considero que la reflexión contiene una argumentación válida para su contexto, y las entradas de este diario, tienen como objetivo justamente el ser un registro de un determinado momento en un determinado espacio de ese Todo que llamamos la vida de un poeta psicópata. Más aún, considero que algunos de los pensamientos plasmados aquí son incluso adelantados para la época en que fueron concebidos, razón por la cual decidí guardarlos en este registro desde hace tantos años. De cualquier modo, es posible que entre las páginas de este diario se encuentre más adelante una nueva discusión más actualizada en relación con este debate.

009: Cuestiones de género I

Me: Algunas personas ya llegan a un cierto extremo de estupidez con estas cosas que definitivamente no es sano… 

Madeleine: Me recuerda a las personas que tratan a sus mascotas como si fueran bebés. Algunos se pasan.

Me: Es cierto, hay muchos raritos que les hablan a sus animales como si fueran humanos.

Madeleine: Digo, es normal quererlos y darles cariño. Pero de ahí a tratarlos como bebés, pues…

Me: Está bien que les digas palabras de afecto, porque la intención de ese tipo de actos no esperar una respuesta, recíproca o no, verbal ni conductual. Tienen una función simplemente expresiva. Pero cuando empiezan a hablarles y preguntarles cosas, a darles indicaciones verbales de responsabilidades que ni siquiera van a entender… Bueno, eso ya es estúpido.

Y esto de los bebés también es muy estúpido: “Que el niño elija lo que quiere ser”. Como si los niños supieran un carajo de la vida. No hay necesidad de “quitarles” su género biológico y natural. Si más adelante, cuando realmente sepan sus intereses, quieren hacerlo, entonces podrán decidir, como los transgénero de hoy en día. (Si es que se puede decir de ellos que realmente saben lo que quieren) Ninguno de ellos necesitó nacer sin género para eventualmente decidir con cuál se sentían más cómodos. Todo esto es muy estúpido.

Madeleine: Sí, es algo complicado. Lo que yo haría en relación con eso de “criar a un bebé con género neutro”, sería simplemente dejar que escoja los juguetes que usa. No imponerle ninguno. Si es una nena y quiere jugar con carritos, pues que lo haga.

Me: Sí. Es que ese es el problema. El problema es la perspectiva de la sociedad, no lo que piense cada bebé. Y “quitarle” el género al niño no va a cambiar a la sociedad. Si el niño quiere jugar con muñecas, está bien por él, no importa si es hombre o mujer, o si siente atracción por los hombres o las mujeres. Y no importa si no tiene un género. La sociedad lo seguirá juzgando.

Así que eso de “quitarles” el género a los niños no es que ayude en contra de ese tipo de bullying o rechazo del que han sufrido las personas transgénero. 

Porque el problema no es lo que piense el bebé, sino lo que piensa la sociedad.

Es por eso que la mayoría de personas con sexualidad o identidad diferentes a la normal establecida por la sociedad se terminan acomplejando, porque se sienten juzgados.

Madeleine: Entiendo. ¿Entonces qué harías tú?

Me: Criaría a un niño normal y lo reconocería por su “género” biológico, pero no le impondría ningún tipo de rol o idea de género social. 

De hecho, ahora que lo pienso, todo esto del transgénero en general es bastante ridículo.

El asunto de la sexualidad está bien, porque es algo que va a afectar tus decisiones y tu estilo de vida. 

Pero lo del género es absurdo, porque los hombres y las mujeres somos prácticamente iguales, excepto por las diferencias biológicas. Quiero decir, eso de decidir un género es absurdo, porque realmente no existe ninguna diferencia sustancial entre un género y el otro, o cualquier de los otros que se han inventado; solamente son nombres.

Si sacas a un hombre y a una mujer de sus cuerpos, ¿qué queda? ¿Son diferentes en algo?

Madeleine: No lo creo.

Me: Un niño no necesita un género para decidir si quiere jugar con muñecas o con carritos. 

Un hombre no necesita un género para decidir si se quiere acostar con hombres o con mujeres. 

Creo que a lo que estoy llegando es que… el género realmente no existe. Nunca ha existido. 

¿Qué significa que una persona que nació como hombre “se sienta como una mujer”? No significa nada. ¿Qué es “sentirse como mujer”? No existe una forma de sentirse como mujer. ¿Sentirse emocional es sentirse como una mujer? No, porque los hombres también pueden ser emocionales. Inteligencia, intereses, temperamento, carácter, no existe ningún tipo de cualidad psicológica que sea exclusiva de hombres o de mujeres. No existe un “sentirse como mujer”. 

A menos que un hombre con pene sienta que físicamente tiene una vagina, lo cual ya es claramente un error de percepción o un delirio. 

En otras palabras, el género no existe. Existe el sexo, que está determinado por la biología genital de las personalidad. Y la sexualidad, que está determinada por los intereses que cada persona tenga con respecto a lo que desea hacer con su cuerpo. Esas son diferencias que existen.

Madeleine: Es cierto.

Me: El género también existe, pero solo como una fabricación social. Y eso es lo que está mal. Decir que hay cosas que son de hombres y cosas que son de mujeres. 

En conclusión, no hay necesidad de quitarles el género a los niños porque no tienen. Es algo que nunca ha existido. 

A quien hay que quitarle el género es a la sociedad. Quitarle esa concepción de que hay “cosas de hombres” y “cosas de mujeres”. 

Madeleine: Interesante. Tienes razón.

Me: Sí… pero la gente seguirá siendo estúpida y creando tendencias estúpidas y complicando innecesariamente las cosas simples. Como los que están tratando de cambiar el lenguaje para satisfacer necesidades innecesarias. 

¿Crees que realmente terminen logrando cambiar el lenguaje o que el rechazo siempre será más grande’

Madeleine: Bueno, no creo que logren algo implementando el morfema de la e para neutralizar todas las palabras. Pero tal vez la gente sí use más frecuentemente términos femeninos o ya neutrales. Por ejemplo, en vez de decir “el hombre”, decir “la humanidad”. Y así. 

Me: Porque la verdad es que, técnicamente, el lenguaje no tendría ningún problema si fuera como ellos lo sugieren. El problema es que estamos acostumbrados a una forma y no nos gustan los cambios. 

Técnicamente, si hubiera sido desde el principio como ellos lo proponen, no habría ningún problema. Que hubiera una forma para el femenino, otra para el masculino y otra para el neutro. No pasa nada. Está bien. Solo que así no es como ha sido, y sí, por lo general nos va a sonar desagradable que nos cambien las cosas como las conocemos.

Por eso me pregunto si tal vez algún día conseguirán cambiarlo, o el rechazo de los que se oponen terminará impidiendo el cambio.

Supongo que esta discusión ni siquiera existe en otros idiomas. No sé, la verdad. En el inglés, por ejemplo, no existe el género gramatical… aunque aun así salen con estupideces como la de los “theybies”. 

Madeleine: Sí, y el francés debe ser todavía peor que el español.

Me: Pensándolo bien, el idioma debería ser más como el inglés, sin género gramatical. El hecho de que los sustantivos, las cosas, cualquier objeto inanimado, tenga un género, no tiene sentido. 

Pero así es como ha sido desde hace muchos años, supongo. 

De hecho, hay algunos estudios que han demostrado que las diferencias de género percibidas por la sociedad existen incluso en los objetos, gracias a ese tipo de lenguaje que utilizamos. ¿Te había hablado de ese estudio antes?

No recuerdo las palabras exactas, pero inventaré un poco solo para darte una idea.

Por ejemplo, la palabra “llave” es un sustantivo femenino en español, y creo que es masculino en alemán.

Como dije, puede que esté inventando, pero es para darte una idea.

En fin, cuando le pedían a la gente que diera característica de esa palabra, de ese objeto, o que dijeran con qué cosas lo asociaban, en los países donde el sustantivo femenino tendían a asociar la llave con cosas como “es pequeña, bonita”, cosas más “femeninas”, mientras que en los países donde es un sustantivo masculino lo asociaban con cualidades más “masculinas”, como “seguridad, protección”. El mismo objeto. Un objeto del mundo real, que debería ser igual para todos. Es percibido de diferentes maneras sólo por la gramática del idioma desde el que se percibe el objeto. 

Así que, para reafirmar mi conclusión, el género es una invención absurda que ha existido durante mucho tiempo en nuestra lengua y nuestra sociedad, pero no es más que una fabricación arbitraria creada a partir de la costumbre.

Una asociación o agrupación arbitraria de conceptos en dos categorías inventadas por capricho.

Ah, no sé por qué me pongo a hablar de cosas tan complicadas. Podría escribir un ensayo. ¿Dónde estaban estos temas y estas divagaciones cuándo tenía trabajos de la universidad? 

Ahahaha… 

012. Protocolo para un regalo perfecto

012. Protocolo para un regalo perfecto

Me: ¿Cuál es el mejor regalo? ¿Qué debe tener un regalo para que sea bueno?

Lo más importante sería que el regalo sea del gusto de la persona que lo recibirá, ¿verdad?

Madeleine: Sí, claro. Que sea pensado particularmente para las necesidades o gustos de esa persona.

Me: ¿Y qué hay de la intención? ¿Influye en que el regalo sea bueno o no?

Madeleine: Así es. La intención también es importante.

Me: ¿Qué tipos de intenciones podría haber al momento de dar un regalo?

En teoría, la principal intención sería hacer feliz a esa persona, ¿no?

Pero también podría haber circunstancias en las que un “regalo” se hiciera por algún tipo de obligación.

¿Por qué damos regalos en fechas tan particulares y no en cualquier momento del año? ¿Es mejor un regalo que se hace por cumplir con la tradición o un regalo que sea más espontáneo?

¿Cuál es mejor?

Otra posible intención al momento de dar un regalo sería esperar algo a cambio.

Como las personas cuando están tratando de conquistar a otra persona. A veces pueden dar regalos, que en un principio podrían parecer tener esa falsa intención de querer hacer feliz a la otra persona, pero en el fondo lo que buscan es que, gracias a eso, la otra persona tenga una mejor opinión de ellos.

Madeleine: Un clásico, claro que sí. Jaja.

Me: ¿Pero realmente influiría cualquiera de estas intenciones en el hecho de que el regalo resulte siendo bueno o malo?

Si necesitas una casa o necesitas ropa, sería mucho mejor regalo si te las dan sin la intención de esperar algo a cambio, ¿verdad?

Si te doy ese regalo esperando algo a cambio, aun si es lo que más quieres o más necesitas, no sería un buen regalo. Sería un negocio forzado.

Entonces la intención sí influye en la valoración del regalo.

Y si es un regalo que solo busca cumplir con una responsabilidad, como cuando en una empresa deciden jugar al “amigo secreto”, esa intención también reduciría parte del valor del regalo, ¿no es así?

Después de todo, el valor de los regalos no se mide por lo que valgan en dinero, sino por la satisfacción que sientes al recibirlo, ¿verdad?

Y esa satisfacción puede variar con un mismo regalo, dependiendo de la intención con la que te lo den.

¿Y qué tal si desconoces la intención de quien te da el regalo? ¿Si no sabes si te lo da porque quiere hacerte feliz, porque le toca hacerlo o porque quiere algo a cambio?

En ese caso, la satisfacción al recibir el regalo también estaría limitada por la confusión al no entender por qué te lo están haciendo.

En otras palabras, el mejor regalo es en el que conoces que la intención de la otra persona es simplemente hacerte feliz.

¿Verdad?

Hasta ahora hemos analizado dos variables, pero no cómo se relacionan ambas entre sí.

1. Que el regalo sea del agrado de quien lo recibe. (Con “el regalo” me refiero aquí al regalo como producto, objeto o situación que se regala. No a la acción de regalar)

2. Que se conozca la intención del dador y esta sea una intención sincera y desinteresada.

Ahora, ¿es mejor un regalo que sea de tu gusto, pero sea dado con intenciones interesadas? ¿O uno que no sea de tu agrado, pero que fue dado con intenciones sinceras?

¿Cuál es mejor?

Supongo que este punto no hay manera de determinarlo universalmente. Dependería de cada caso, de si es algo que necesites mucho o no.

Si literalmente te estuvieras muriendo de hambre, habiendo estado dos semanas atrapada en un desierto sin poder comer nada, supongo que algo de comida sería valorado como un gran regalo, sin prestar mucha atención a la intención de quien te la da.

En ese caso, la respuesta sería que el regalo es más importante que la intención.

Pero si eres una persona que lo tiene todo, que realmente no necesitas nada, y todo lo que desees lo puedes conseguir por ti misma, entonces cualquier regalo que te hagan tendrá poco valor en sí, y prestarás más atención a la intención con la que te lo dan.

Si eres ese tipo de persona y te dan una basura como regalo, probablemente lo valorarás como algo bueno si la persona que te lo dio lo hizo con una buena intención: por ejemplo, un niño que recogió alguna basura de la calle que le pareció bonita.

En este caso, la respuesta sería que la intención es más importante que el regalo.

Pero por otra parte, también hay persona de todo tipo. Seguramente existe gente rica que no valora las intenciones y gente muriéndose de hambre que las valore más.

Así que, como dije, este punto no se puede responder de manera universal. Dependería de cada caso.

Madeleine: Así es, tienes razón.

Me: ¿Entonces crees que ya puedes responder a la pregunta que te hice al principio?

¿Cuál es el regalo perfecto?

Madeleine: Sería el regalo que mejor se adapte a la situación, ¿no? Como lo del desierto y la comida, que ahí primaría el objeto, mientras que en el otro caso primaría la intención.

Me:

Lo que no podemos determinar es cuál de las dos variables sería superior a la otra, ya que sería algo contextual.

Pero sí podemos determinar que hay una mejor opción en cada una de las dos variables (objeto e intención) y, por lo tanto, el mejor regalo sería el que tuviera las mejores opciones en las dos variables.

Es decir: 1) que el regalo (producto, objeto o situación regalada) sea del agrado del receptor, y 2) que la intención sea del agrado del receptor (que no sea interesada).

Madeleine: Entiendo, sí tiene sentido. Esa sería la mejor opción.

Me: Aunque también sería importante considerar otras variables

Ya consideramos el conocimiento de la intención y determinamos que el mejor regalo es en el que se conoce la intención y la intención es buena, porque no conocer la intención generaría confusión y limitaría la satisfacción al recibir el regalo.

Ya consideramos el conocimiento de la intención, pero no hemos considerado el conocimiento del regalo en sí. Me refiero a conocerlo con antelación. En otras palabras, si el regalo es una sorpresa o no.

¿Es mejor un regalo que esperas o uno que te sorprende?

Madeleine: ¡Yo preferiría una sorpresa! Pero supongo que eso también dependerá de cada persona o de qué tipo de sorpresa sea.

Me: A mí por lo general no me gustan las sorpresas. No me gustan las cosas que no puedo controlar o las cosas para las que no estoy preparado.

Pero en teoría, si el regalo es bueno, si no involucra ningún tipo de inconveniente, la sorpresa solo debería servir para aumentar la satisfacción y la emoción al recibirlo.

Vamos a contextualizarlo un poco con tu caso para que quede más claro.

Estamos analizando entonces cuatro variables.

1. Que el regalo en sí (producto, objeto o situación que se regala) sea de tu agrado. En tu caso, para poner un ejemplo, podríamos decir que tu regalo perfecto sería un vestido vintage que te guste mucho, ¿no?

2. El segundo elemento para que ese regalo sea perfecto sería la intención. Que no te lo den por interés ni por obligación, sino por el deseo sincero de hacerte feliz con él.

3. El tercer elemento es que tú conozcas esa intención, que seas consciente de ella. Puede que la persona que te haga el regalo tenga una muy buena intención, pero si tú no sabes eso, vas a estar confundida y no vas a disfrutar el regalo del todo.

Madeleine: Es cierto. No sabría cómo responder a un regalo así. ¡Mucha confusión!

Me: Y por último…

4. El elemento que estamos analizando ahora: la sorpresa (el conocimiento o no del regalo en sí).

En teoría, si el regalo es perfecto en los primeros tres puntos, si además el regalo es una sorpresa, será una sorpresa agradable que aumentará tu emoción al recibirlo.

¿Estás de acuerdo con esta afirmación?

Madeleine: Sip. Estoy de acuerdo.

Me: Si el regalo es perfecto en los primeros tres puntos, estará muy bien también así no sea sorpresa, ¿verdad?

Madeleine: ¡Totalmente!

Me: Pero si es perfecto en los primeros tres puntos y además de eso es una sorpresa, la emoción será más grande.

En teoría debería ser así.

Creo que ya te comenté de algunos estudios que se han hecho. No los citaré porque no recuerdo cuáles eran, pero eran unos estudios que demostraban que el hecho de que algo sea sorpresivo genera una reacción emocional más fuerte.

Es decir, si te pasa algo bueno, te sientes bien. Pero si te pasa algo bueno por sorpresa, te sientes aún mejor.

Y también si te pasa algo malo, te sientes mal. Pero si te pasa algo malo que no te esperas, te sientes aún peor.

Madeleine: Sí, sí. Tiene sentido.

Me: Al principio se me había ocurrido que tal vez la sorpresa debería ser moderada. Que si recibes un regalo de la nada te sentirías confundida y, por lo tanto, no disfrutarías del todo el regalo.

Por ejemplo, si te regalan algo en tu cumpleaños o en navidad, sería una sorpresa moderada, porque en esas fechas es normal que esperes recibir regalos, pero lo que sería sorpresa es el qué serán esos regalos. Mientras que si te regalan algo sorpresa en cualquier día del año, puede que te sientas confundida.

Pero en ese caso, tu confusión seguiría siendo porque no conoces las intenciones de la persona. No porque el regalo sea una sorpresa.

Resumiendo otra vez, el regalo perfecto, entonces, debería ser:

1. Un regalo que te guste. (Regalo como objeto, producto o situación que se regala)

2. Un regalo que sea dado con buenas intenciones.

3. Un regalo en el que tú seas consciente de que es dado con buenas intenciones. (Para no generarte confusión al recibirlo)

4. Un regalo que sea sorpresa.

Si cumple con esos 4 requisitos, ¡entonces deberías tener aquí la fórmula del regalo perfecto!

Madeleine: ¡Así es!